Un número considerable de dominicanos emigrantes no reside en Norteamérica, Europa o El Caribe, sino en la diáspora. Es como si esta palabra fuera el nombre género de los múltiples escenarios foráneos elegidos por los quisqueyanos en el último medio siglo, para establecerse físicamente. Diasporando es un vocablo ajeno al diccionario de la lengua española. Un término gestado a partir de una necesidad insoslayable: radiografiar el accionar de un porcentaje sustancioso de la población dominicana de la diáspora que, más allá del deslumbramiento mercurial, fue azotada a emigrar y a padecer el drama de su discriminación por el desastre económico y el descalabro moral de su lar nativo. Pero es también un término para reflexionar, desde el extremo opuesto de las aguas caribeñas, sobre una sociedad dominicana isleña ahogada en el fango de la indiferencia social.
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